8. Intimidad

El mejor de los hombres es semejante al agua,
La cual beneficia a todas las cosas, sin ser contenida por ninguna,
Fluye por lugares que otros desdeñan,
Donde se acerca más deprisa al Tao.

Así, el sabio:
Donde mora, se acerca más deprisa a la tierra,
En el gobierno, se acerca más deprisa al orden,
Hablando, se acerca más deprisa a la verdad,
Haciendo tratos, se acerca más deprisa a los hombres,
Actuando, se acerca más deprisa a la oportunidad,
En el trabajo, se acerca más deprisa a lo competente,
En sentimientos, se acerca más deprisa al corazón;
No lucha, y así permanece libre de culpa.

Lao Tse

Tao Te Ching

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viernes, 9 de enero de 2015

UN ALGO NO IDENTIFICADO O NACIDA ANTES DE NACER




Le cuento. Antes de nacer, a la brava me bajaron de uno de esos “algo”. Recuerdo no iba tripulado y la forma que tenía era como de una mesa con un vientre prominente. Sus compuertas se abrían para conformar las patas de esa mesa gorda. Sí, se abrían por debajo, por donde estaba lo más abultado de esa barriga. Mientras estuve adentro siempre los veía sin verlos, eran sutiles tanto como en esa atmósfera interior, no los oía pero sí oía que nos hablaban con su voz divina. ¡Eramos tantos allí adentro y estábamos todos, inclusive los que aún no existíamos y los que ya nos habían ido para no sé dónde! Eran como el agua o los líquidos coloidales en general pues tomaban la forma del envase que habitaran. En ese vehículo o carruaje, o nave no identificado me enteré de muchas cosas que no podré repetir pues navegan en mi memoria de forma comprensible y al querer traducirlos a nuestro idioma se diluyen como si jamás hubiese entendido nada; los que estamos en la atmósfera terrestre tal cual como la respiramos, como la vemos, como la palpamos en este hoy llamado vida humana, lo nombramos dizque "no identificado" sobre todo aquellos que conforman colegios como el de los "nasones", no indico narigones, ni  de la Nasa... no, ¡Ojo! ¡Ni más faltaba me vaya a poner a hablar de lo que no me incumbe! Continúo. De muchas cosas fantásticas me enteré mientras estuve en ese vientre. Ese “algo” tocía sin hacer ruido pero con una potencia tal, que le permitía despegar verticalmente. Sí, el inicio de su ruta era vertical (no he dicho de su vuelo), y podía hacer giros a capricho para cambiar de ruta. Pero... pero… ¡Ay, señor! Mejor no sigo. Le pido por favor no ponga palabras en mi boca que bien sabe no las he dicho. En esta época más que en ninguna otra (la de la Inquisición se ha quedado corta, y eso que eliminaron de la faz de nuestro planeta a los albigenses y a todos los brujos y brujas)  no se puede de bromear con nadie ni hacer bromas sobre nadie ni los dioses, ¡no señor! hablar de esos menos ¿qué tal vaya y se arme una verdadera guerra de las galaxias y nos dañen el "peinao" y nos quiten lo "bailao"? Nada más nos resta cantar responsos al Humor porque lo han asesinado, ojalá fuera ave fénix o Felix el gato y renaciera para el bien de todos y si no vuelve, enotnces que los cirujanos plásticos se vuelvan más ricos de lo que ya son y tatúen a la Humanidad una mueca llamada risa. ¿Recuerda a El hombre que ríe, de Víctor Hugo? Más o menos así, para que haya risa.

Que muchas gracias señor por atender esta secuencia de instantes que son nada más intentos de una aprendiza no identificada, no una OVNI, sí tal vez una NN, pero sin olor a formol.

Ana Lucía Montoya Rendón
Enero 9 de 2015
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jueves, 26 de junio de 2014

MAMANTIAL


Sí, palabra correcta, poco usada (¡...!), es esa: ma-man-tial. No se asusten. En un documento encontrado hace algunos años, estaba esa palabra en el margen de una de las páginas de unas cuartillas que habían pertenecido a Cervantes. Se ve que especulaba, que hablaba de “lo que de la fuente mana-ntial”, así mencionaba al donante; pero se acomodaba también del lado opuesto, del que recibe, del que mama-ntial. La RAE tiene, como siempre, sus reparos, pero no podrá detener el uso de esa novedad que gusta a tantos, sobre todo a los mamíferos bebés. ¡Qué chanfles y picardías tiene guardada la Historia! Me encantan estos hallazgos.

Almr.-


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lunes, 30 de diciembre de 2013

HOY



Parece un día sin nombre.

No parece de comienzo, de mitad o de fin de semana. Parece de goteos de agua o de fuego. Es un día sin piel y de ojos cerrados, de vientre frágil y de cuerpo tendido. Es de intermitencias de aire, denso como la arcilla negra, maleable como un sueño, de aliento tibio, con gimo de manos huérfanas. De boca hambrienta, promiscuo y sagrado en sus besos y cadencias.

Día-dedos tartamudo, de futuros trémulos, de ideas dulces, de hábiles insomnios y de vigilias perezosas. Brumoso como vaho de deseos y nostalgias. 

Ese día no es día, ni es “no-día”. Ni lleno ni vacío. Solo es él. 

Es mi él... o, ¿será miel?


Ana Lucía Montoya Rendón
Diciembre 2013


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domingo, 10 de noviembre de 2013

ENTRE OJOS COMPARTIDO


Amigo, creo hay vigilias y sueños míos y de muchas otras personas, mezclados en mi mente y aposentados en alguna parte de mis ojos. Quizás sean esas miradas durante las cuales mi vista ha sido impactada por rayos de luz disparados desde muchos otros pares de potentes ojos, capaces de penetrar dentro de los míos. A ver, cómo pudiera decirlo. Sí, es como si esas otras miradas se me metieran y desde mi óptica observaran el entorno, solo que, cada uno, sigue viendo lo que desea captar y a la vez, sumar sus sensaciones al cuadro que está allá, en el fondo de mis ojos, —sí, allá en las retinas de mis ojos—, como muy bien dicen los que saben de música, “una pieza tocada a cuatros manos”, solo que este cuadro es una mirada producida por múltiples observadores a través de los ojos de un solo sujeto: los míos. Te preguntarás que ha ocurrido. Espera, sé paciente como he sido yo para soportar esa intromisión y estar aún, hoy día, sin saber cómo despachar a los intrusos.

Vamos al inicio de esta enredada situación. Aquí también me entra la duda de si es complejo o no, ese momento, o si solo es la costumbre de no mirar la parte trasera de cada instante.
Te cuento pues. Sobre la mesa tenía las pinzas de depilar y el espejo de aumento. De pronto, todo se convirtió en reguero de cosas sanguinolentas. Ahora que menciono sangre, ¿recuerdas el olor y el sabor de la sangre? Cuando de niños nos cortábamos, olíamos y probábamos nuestra sangre, sentíamos placer al chupar esa pequeña herida o pinchazo en nuestras manos o en nuestros dedos, lugares donde siempre eran tan comunes esta clase de accidentes (cuántas acciones primitivas que hacen nos parezcamos a los animales que lamen sus heridas para sanarlas) . Las cosas que hoy estoy  mirando con mis ojos a la vez que con los de otros, me traen ese olor de sangre tibia, magnificado al ver los estertores de algunas de esas partes que aún palpitaban expuestas allí, sobre la mesa. Sí, estás impaciente, quieres que avance por una diagonal para llegar lo más rápido posible al final de mi historia. Cálmate, es necesario que detalle el escenario para que puedas meterte en los pormenores de lo que estoy contando. 

Prosigo. Estaba depilándome. El día anterior había percibido un nuevo y diferente vello cerca del lóbulo de la oreja derecha, pelo que parecía mirar descuidadamente un objetivo concreto; sí, tal cual como lo has entendido; parecía un vello con identidad, parecía un sujeto, un individuo con todas las características del ser único, con huellas dactilares propias, ¡vaya uno a saber si en todos los lugares del Universo cada criatura no esté dotada, aunque solo sea de la más primitiva identidad! — solo iguales a sí mismos —. No era un vello como los que siempre me había arrancado. Sostenía el depilador en la mano derecha y me miraba en el espejo de diez dioptrías cuando lo descubrí. Alcancé a tasar su longitud de menos de un milímetro asomando por la boca de ese poro. Traté de agarrarlo con la pinza pero cada vez que jalaba sentía que una fuerza quería llevarse hacia adentro el depilador con mi mano y todo. Hice miles de tentativas, cambié tres veces de pinzas hasta que pude tenerlo fuertemente, así empecé a jalar con todas las fuerzas que me permitía mi debilucha y temblorosa mano. Miraba ese filamento sostenido con el depilador, observaba también el pequeño poro por donde asomaba el vello. Vi cómo iba brotando una materia blanda, cauchuda, como chicle, quizás más blando que un chicle masticado durante muchas horas. De un momento a otro ya no tuve necesidad de ayudarme con instrumento alguno porque, del poro, empezaron a brotar imparables, el vello y la viscosidad, cayendo sobre la mesa y siguiendo hacia mis pies,  donde fueron  ascendiendo por mis piernas y el resto de mi cuerpo, adhiriéndose fuertemente a él. No preguntes qué sentía. No. No sentía. No vivía, estaba petrificada pero dándome cuenta que no era a mí cuerpo que se enrollaban esa viscosidad y el pelo, sabía yo que era al cuerpo de aquél, aunque pareciera que estuviese ocurriendo en el mío. 

Ambos lo sabíamos, también lo intuían los que miraban a través de mis ojos, aunque la verdad, ya no sé si esto es parte de una mala pasada que me estén haciendo los entrometidos antes mencionados, o alguna persona falta de oficio, o una pócima que me hayan hecho ingerir sin que me diera cuenta. ¡Aguanta, no interrumpas mi relato! Te diré qué creo respecto de lo que sentía él. Hay momentos conocidos por los que han vivido alguna vez un vértigo como éste, ellos se identificarán con lo que digo, hasta expresarán circunstancias y sensaciones semejantes tal como si les hubieran ocurrido estos hechos; esto es parecido a la resaca que produce el beber alcohol puro o montar en un carrusel que gira sin parar, que no lo detiene nadie, aunque le atraviesen mil palos. 

Así era el sentimiento de angustia que él  me transmitía y que todos estábamos viviendo simultáneamente. Él era la viscosidad, era el vello transformado en largo pelo negro, era también la mirada de los otros y la mía. Sí, estás en lo cierto. Todos los espejos nos regalan imágenes reales porque, las miradas que se hayan inmiscuido en su luna, nos ofrecen un porcentaje muy alto de verdades y concreciones, además de la sumatoria de miles de sucesos que a través de los ojos de tantos que se miraron en él, quedaron archivadas en su vidrio y más si se trata de un espejo de diez dioptrías como te lo conté hace un rato. Esto no ha sido un sueño. No lo sugieras, no lo admito, una mala pasada, tal vez; sí. Calla y sigue escuchándome. 

Lo que te relato es cosa cierta. Sí, dije te dejaría saber cómo es su sentir. Si feliz o no, no lo sé. Sí sé que conoció a qué sabe o huele la congoja y que sabe de otras muchas cosas. Sabe por ejemplo que mantener la atención sobre algún objeto o un hecho cuando el observador no es uno mismo sino muchos dentro de sí, es como estar viviendo miles de días en una sola noche. Esa era su situación, la que intento describirte, que intuí cuando empezó el cuento del vello. ¿Qué siente uno cuando su yo integral ha sido desplazado de su sitio central para compartir nicho con infinitud habitantes? Solo sabe que corre peligro, que lo ronda la locura, que una fiebre inmanejable lo hará delirar. Sí, delirio era lo que tenía, también náuseas y mucha sed. Hilos de babas colgaban por las comisuras de su boca. 

Fue sobre la mesa. Allí estaba el espejo de aumento. La luz del sol que entraba por entre las persianas había disparado un haz de rayos que rebotaron en forma de miles de universos. Allí estamos en este instante, en uno de esos mundos. Tan presentes y tan lejanos. Desde nuestro nuevo sitio divisamos allá, dentro de un ojo muy abierto, el cuerpo de una mujer tendida sobre algún posible génesis de recuerdos y olvidos. No ha despertado aún. Es en los ojos de todos los que la vemos, donde reside su esencialidad. Es a través de la sensación de nuestra vista que estamos unidos a ella. Es por intermedio del reflejo de la luz sobre el espejo que…  No preguntes más. Calla. Esto es un mundo nuevo, aún no inventamos ni su pasado ni su futuro.


Ana Lucía Montoya Rendón
Noviembre 2013


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lunes, 13 de mayo de 2013

EN SOLITARIO

de noche habló su piel y la calló el silencio
hoy su mirada yerra de la mano de los susurros de una niña
se deleita en el recuerdo de su estro de maga montaraz sobre la piedra  

cómo musitan deseos de muerte las yemas de sus dedos 
ante el murmullo del río y la lujuria de toda la floresta

ana lucía montoya Rendón
mayo 2013

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sábado, 30 de junio de 2012

MONO-TONAL



Desde el coloquial silencio, ése que bebe alientos entre comas y puntos a parte. Desde el deje lerdo de los puntos suspensivos, desde la concavidad de los paréntesis o desde la risa forzada escapada de inapetente y desdentada boca. Desde allí los silencios vencidos narran con gestos pantomímicos, detalles de experiencias rastreras. De hambre y rabia gritan desconsolados. Babean fuego ante la repelencia con la que los tratan la gracia y el celo. Desde lo empinado de esos silencios, cimas vírgenes de un Himalaya onírico donde ha quedado congelado el alma de blancura enferma y pesada como fierro al cuello, desde allí trata de degollar insomnios. Sí. desde esa cárcel blanca vienen mil jinetes, cortejo absurdo bordado de luces y de sombras. En el séquito van de blanco o de negro los fantasmas, erectos y elegantes, marchando sobre huellas signadas en la memoria del frío. Entonan cantos de viajeros, van y van, mas nunca llegan porque ninguno sabe hacia dónde va. Así, desespera el alma enredado en sueños dibujados sobre el espejo de una laguna quieta. Qué locura ser al tiempo este singular cortejo y cadáver soñoliento.

Hay ilusiones en el borde de sus labios, hay en esas ilusiones muchos días y noches apagados. En el color de sus ojeras duermen inviernos y veranos y, en esquinas oscuras de su mente la estrangulan los abrazos de su gente, de su tierra, todos ellos, su sangre, sus hermanos.

Tantos entes le gritan por sus poros, de ellos, sádicos y morbosas, el tiempo y las heridas. Qué manía la suya ir desnuda exhibiendo anhelos. Cómo rogar a los dioses perdón para que de sus gargantas fluyan acentos sanadores. Ve como eclosiona subversivo, el blanco para el muerto, miliciano e intransigente para el indefenso vivo. También ve a las margaritas inocentes enredadas en la alambrada, ellas su amor, en otro corazón cautivas.

Cómo hará desaparecer el mutismo cruel del Tiempo, cómo pondrá en su faz un nuevo Sol. ¿Quién revivirá a las estrellas aunque hayan muerto antes de nacer? Cómo hará para apagar la letanía de su voz, partitura monótona de ayes en mil octavas, sostenido réquiem entre las columnas de su templo



Ana Lucía Montoya Rendón

Junio 2012

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jueves, 10 de mayo de 2012

HOMBRES SABIOS (Oración de las tabernera)

Y sigue oficiando la Tabernera:

Llamar mundo insomne de sus bestialidades a nuestro templo, es osar de hierofante sin llevar vestido talar ni alma. Llamarnos bestiales sin si quiera asomarse al borde secreto de nuestras columnas e intentar descubrir que, allí, impoluto permanece el arca porque eso ha sido, es y será, como velo virginal que se forma al caer desde la alta cima en brazos del placer que le proporciona el salto al vacío. 

El sacerdocio masculino no es oficio que elige el aspirante. Un hombre debe esperar la gracia de ser elegido por la antigua Orden de las Sagradas Taberneras. Por eso digo, descalificar los requiebros de las cofrades es exponerse a mil vidas en lo más bajo de los mismísimos infiernos. Hombre sabio que espera el título de hierofante es aquel que se nos entrega manso, que recuesta su cabeza en nuestro pecho o regazo y rodea nuestros deseos con lo más puro y ardiente de su celo. En medio del fragor etílico todas nosotras pedimos a los dioses que los hombres sabios cuiden sus palabras y puedan soñar llegar algún día a lo más íntimo de nuestros anhelos.

Amén.

Ana Lucía Montoya Rendón
Mayo 2012

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COPA VERDE (Tabernera)

Mientras regresa la tabernera, hablemos de los fundamentos de este mundo, bebamos y apaguemos el parpadeo de los días, agigantemos en tan solo esta noche, el tamaño de las sombras. ¿Ves? Observa en aquel muro tu perfil, el mío y el de todas las que, confiadas como nosotras, mamamos alcohol como si regresáramos al pecho materno, porque pensamos que con las copas hallamos el divino soporte sobre el cual templamos nuestras almas —pegante absurdo nuestro abrazo alcoholizado alrededor del desconsuelo—. Solo así aceptamos ser víctima y verdugos, ser rejo sobre herida expuesta, ser ángeles y demonios plantados en una entrada que no lleva hacia ningún lado; tan solo miremos cielos esquivos y amaguemos caer al fuego del infierno. Vagar así, como nosotras, entre la credulidad y la duda es descubrir finalmente que nunca hemos dado un solo paso y que la ronda que se creíamos un periplo entre universos, tan solo fue un pernoctar en posadas idílicas para despertar en el mismo punto cero. ¡Ay, amiga,  qué desgraciado limbo ese que siempre nos succiona! 

Por eso, solo entre copas y, con el recuerdo brumoso de la dicha de una cópula fugaz sin regateo, matamos la certidumbre de al menos por un día hemos sido almas enamoradas.
Sí, mamemos alcohol y sueños, guardemos la consciencia entre las piernas y pongamos sobre nuestras cabezas la diadema del triunfo de la energía de nuestro flamante celo, solo así venceremos al que nos mira, ése que siempre ha creído que las amazonas eran un mito.

¡Salud por todas las que habitamos La Taberna!

(Me gusta el chasquido de las lenguas cuando saborean el etílico veneno porque de alguna manera me recuerdan cómo se calentaba mi cuerpo cuando se afanaba a darle rienda suelta a lo creativo de mi celo.)


Ana Lucía Montoya Rendón
Mayo 2012

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miércoles, 9 de mayo de 2012

BEODAS TERQUEDADES (Tabernera)

Dibujo de Camelia Davidescu
http://www.dina4.org.es/artistas/fichas/artista_0070.html




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...y mi copa terca... y mi boca seca... y la taberna lúgubre... y esa maldita esquina siempre sin luna, siempre amancebada con esos sueños que engulleron mis anhelos.

- ¡Tabernera!  En mi nombre llévale absenta a aquél que mira suspicaz el contorno de lo que cree es la cintura y el celo de nuestros mundos, a través de las convexidades brillantes e ilusas de su copa.


Somos tres. Somos hembras, somos sendas. Somos la mirada clara o turbia de la noche que trastabilla en un mismo sopor etílico. ¡Ah, querida tabernera! Somos jadeos de dichas y tristezas reconocidas en el muro de ese pasaje secreto donde hace tanto tiempo se tallan nuestros sacros buscando alguna nochebuena! Sí, terca mi copa, terca mi espalda, terca mi enagua y triste, mi entrepierna.

-Tabernera! Dale lo que pida a aquél que solazado, mira los ribetes del escote de la Luna y sueña acrobacias en la junta de nuestros senos. A mí, solo tráeme una botella llena de abrazos y de cantos para que el amanecer me sorprenda beoda de mil alientos nuevos. Quiero un nuevo Sol que caliente el petate donde se ha muerto mi esperanza, junto a los clientes que raparon el celo de mi vientre y la vitalidad de mi palabra. Hoy, amiga tabernera, ya no soy la Rosita, aquella puta triste que ya no vende nada porque su cuerpo se ha ido de sí y vaga dichoso en oferta permanente.

¡A tu salud, amiga tabernera

Ana Lucía Montoya Rendón
Mayo 2012


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sábado, 4 de diciembre de 2010

BORRÓN Y CUENTO NUEVO


Hablar y hablar. Proponer, explicarse muchos temas. Aplazar hasta el final de los tiempos. Quizás hasta que esa barba le haya crecido tanto como para tejer todos los trajes que necesitan millones de pobres en el mundo o hasta lograr el  apaciguamiento de los violentos que existen y de los que iban a nacer.


Ya le dije lo que usted quería saber. No tiene por qué empujarme. No. No me maltrate. Escúcheme y, después de oírme, si le place, degüélleme, empáqueme al vacío y envíeme hacia los confines de todos los mundos como carta de derechos humanos o de abusos humanos, como le de la real gana, qué más da, para lo que vale lo que llevo en mi fardo ¿Le ha ocurrido alguna vez un olvido como el mío? ¿No? ¿Seguro que nunca se ha enfrentado a algo como eso? Por la suficiencia que se le asoma por los ribetes de su engreimiento noto en usted... me doy cuenta que ha sido... que es en realidad un ser privilegiado. Le voy a contar qué cosas y qué personas han hecho de mi un ser ecuánime. Sí, e-cu-á-ni-me, ecuáaaa-ni-meee. ¿No entiende lo que es ser ecuánime? Eso también se lo voy a explicar cuando me permita relatarle el porqué de mi olvido. No frunza el entrecejo ni sonría que la cosa va en serio. Ya le dije no me empuje, también le dije que le explicaré el origen de mi ecuanimidad aunque por la expresión que le observo, ese mirarse las uñas, repasarlas, cada una con las de la otra mano, me deja ver que es narcisista, que si no tiene espejo de agua o de cristal se mira a sí mismo en cada parte de usted y no presta atención a nada que no sea usted mismo. ¿Qué? ¿Tampoco sabe lo que es ser narcisista? No pues. Otra que le agrego a la lista de temas que desplegaré cuando deje de empujarme y de joder con esa sobadera de uñas. Si, cada vez que se las limpia, estimula en sí mismo el prurito de una limpieza fóbica. Sí, eso en una enfermedad. ¿Qué? Me dice que es sano en toda la extensión de la palabra? Qué monotemático es usted —si quisiera le diría a este man qué pobre es usted , pero mejor dejemos los santos quietos— porque se le notan muchos males con solo mirarlo de refilón. Sí, de refilón. No me venga con el cuento que tampoco sabe el significado de fóbico. ¿Cómo? Tampoco sabe qué es mirar de refilón? No, así si estamos fritos. Me empuja, me maltrata, me agobia, me castiga, me... Me mamé de su idiotez. Me harté de ese desenfado que tienen todos los que son como usted. ¿Que no sabe de qué le hablo? Usted si es la tapa del congolo. No, no lo sabrá nunca, no podré explicarle cómo hemos llegado a este punto, porque tristemente acaba de morir como idea principal. Es usted un nonato, un feto triste, un cuento abortado. Sí, muer-ti-to, borrado de la página que estaba escribiendo cuando se me ocurrió que seres como usted pululan por la faz de la tierra como verdadera pandemia y que el borrarlo de este papel me genera un sabor dulce, como ilusión de desaparecer de un manotazo a esa plaga de orates.


Ana Lucía Montoya Rendón
diciembre 2010

viernes, 5 de noviembre de 2010

EMPAREDADA (Cuento)




Eran muchos. Todos vestidos de blanco. Dijeron debía olvidar todo concepto de ensoñaciones, de ideas y planes. Exigieron no elaborar proyectos porque era innecesario esmerarse en crear mundos nuevos, había que dejar correr el agua. Dejarla ir cima abajo. Quedarse viéndola caer sobre el valle como velo de novia. Saberla deslizándose sobre una superficie que aunque rugosa, se dejaba vencer por el ímpetu del alma de los líquidos. Así con el poder del agua se han disuelto las noches y con ellas la necesidad de sentir el sereno. Campo arrasado la capacidad de ser. Sí, ese día sabía que algo de su entorno había cambiado. Las sensaciones de temperatura y de color no aparecieron más. Solo veía desfilar ante sus ojos un proceso acelerado de pérdida. Todo lo que se movía se hizo parte del mobiliario, quedó fijo como una fotografía, solo que estaba en 3D y el tono sepia le hablada de la muerte acercándose en picada sobre ella y sobre sus anhelos. En la habitación estaban el soporte para las bolsas de suero, la silla para el visitante, la mesa de comedor, el tarro para la ropa sucia, las canecas para la basura regular, el pote rojo para la basura de riesgo, la cama enfermera, una mesa de noche, un teléfono, un televisor, el cuarto de baño, las bolsas de los fluidos de la orina expulsada por la uretra y del drene sangroso del riñón derecho. Viendo eso, dio un portazo y se largó, o flotó. Ni supo.
—¿Sabe qué se siente cuando la vida queda congelada entre dos mundos? — preguntó con voz cansada mirando a través de la ventana las pintas de rojos, amarillos, verdes y ocres de los árboles, entreveradas con el concreto de los bloques de edificios que conformaban el sanatorio. Su pregunta era más una reflexión que un comunicado. No quería respuesta alguna, solo hablar, susurrar.


Así, congelada, pedazo de carne entre dos rebanadas de pan; era ella el relleno de un sánduche de realidades y sueños, imagen y alma de la que se miraba en el espejo todos los días para depilarse las cejas. Mundo rígido de tonos tristes y silencios, donde había muerto hacia varias décadas y otro, paralelo, que se movía entre los colores de la vida radiante y la algarabía dentro de sí misma. Hoy, justo hoy, dicen de ella, —la que fue—, por la que se reza un novenario y, sin descanso, toman muchas tisanas y tazas de café. No quiso volver a hablar por un buen rato. Estaba sumergida en una montaña de olvidos. Ese punto de fuga se había vuelto su tabla de salvación y la llevaba a guardar como una joya lo poco que de ella  había quedado. ¿Dónde hallar la convergencia? ¿Dónde coincidir? ¿Dónde encontrar ese punto "cero" que todos saben existe pero que tantos ignoran, ¿dónde está? Esa fusión de mundos la dejaba flotando entre ser y no ser, viviendo entre lo tangible y lo sutil, entre la alegría y la nostalgia, entre el amor y el odio, entre el infierno y el cielo. Hubiese querido quedarse en ese punto muerto, sin tener que ir a una fosa. Quedarse en ese lugar donde no importa la piel ni los sentimientos, mucho menos la abstracción de las ideas, ni ser lógico o iluso. Desde esa apertura de la mente sabía que podía lanzarse al vacío y viajar al infinito de dónde nunca debió venir.

¿Sabe? — preguntó de nuevo — ¿Quiere saber usted cómo he sobrevivido en este emparedado? Pues fíjese, sólo me he enterado que vivía así cuando empecé a sentir que hacían cortes a mi pobre ego. La primera dentellada alcanzó a mutilar mi cabeza y me despertó a una dulce inconsciencia. Así, como entre brumas supe que congelaban mi ser y lo envolvían en un sopor delirante. Allí, en ese punto, se me despertó el ansia de caer, de despeñarme, de corresponder a las tinieblas que me engullían y que vertiginosamente me llevaban hasta un lugar donde todos vivían de igual manera, donde todos éramos hibernantes.

—Señor, mire allí; alguien abrió el refrigerador. Adentro hay una cabeza destrozada como si la persona dueña de ella hubiese muerto por impacto. Se ve que ha sido recogida con cuchara para armarla de nuevo y así saber la identidad del muerto, recogieron esos restos como recogen los de las muñecas de porcelana cuando se rompen. ¿Ve y escucha cómo chorrea todo lo que ha discurrido por la mente de su dueño? —Parezco una excreta, ¡me he vuelto mierda!—, fue el último pensamiento que pasó por esa mente.

Ana Lucía Montoya Rendón
Noviembre 2010


sábado, 2 de octubre de 2010

LISTA



Hoy, igual que siempre, está allá, debajo de alero. Desde su ventana la ve vestida de sombras esperando como siempre monedas de sudores y cuero. Es una noche fría como todas las que ha conocido aunque se revienten los veranos. En el callejón aún quedan los ojos del agua del último aguacero, en esos espejos temblorosos se reflejan las pocas luces que hay en toda la cuadra, rielan como dagas que entran y salen del vientre del sereno. Ve la silueta del gato de la vecina sobre el tejado yendo de vagabundeo, como ella solo que el maldito no debe pagar cada noche el alquiler de la cama y el armario viejo en el que guarda el encapillado. Nunca tiene ganas de trabajar, siempre quiere quedarse dormida, irse en un sueño hacia el lugar donde la dejó ésa, cuando apenas tenía tres años, ¿o serían dos? ¡Qué importa! Añora el lugar de donde nunca debió de haber salido. La sacaron de ese sitio porque la edad así lo exigía. Eso dijo la omnisciente trabajadora social, que las niñas de trece años ya sabías coser, cocinar, rezar... ¡maldita sea, sabían tanto! Para esa gente, ella era una mujer hecha y derecha, además, SABIA, ¡qué dicha! por eso tuvo que irse del orfelinato, porque estaba lista para la vida. ¿Y qué era estar lista? ¿Lista del cuerpo y del alma? Así la dejaron marchar con la benefactora de la institución para que fuera la ayudante de la su cocinera. Allí entre cebollas blanqueadas, aromas de tomillo, mejorana, orégano y laurel, entre los hervores de consomés aprendió a conocer cómo se cuecen los ojos del deseo. Sí, allí supo qué era estar lista. Lista como el menú que servía cada día en esa casa. Ella, la niña lista, vestida de negro, con delantal blanco y una pequeña cofia como si fuera una enfermera pero, de luto. Así de lista estaba que no supo a qué horas y sin quitarle la ropa, le raparon la inocencia. Pero qué era eso, la inocencia ¿Algo que arde, se moja, palpita muy abajo del vientre? Siempre miró hacia dónde se llevaban su inocencia, pero nunca les vio nada en las manos, no veía que se llevaran nada, pero sí sabía que la dejaban llena de hastío, pobre como una rata y más cansada que cuando asistía a Petrona, la cocinera. A la hora de servir los alimentos, tenía que estar bien presentada para atender a los señores de la casa y a su, casi permanente recua de invitados. Allí supo cómo la inocencia se le bajaba de la cabeza y se le acomodaba en los pezones, en la cintura o en la entrepierna. Supo que la inocencia es juguetona y entiende de miradas, supo también que es una fortuna que a muchos los pone locos cuando la quieren tocar y poseer. Hoy ya no la tiene ni falta que le hace. A través  del pedazo de espejo en que mira sus arrugas también ve el asco infinito que siempre la ha acompañado y ve las muchas jornadas que aún tiene por cumplir. Así recostada en el catre, meditando, divisa en la esquina, debajo del alero, a la vieja recicladora escarbando en el montón de bolsas de basura, buscando algo que le sirva para llevar a la enramada donde le pagarán unos cuántos pesos por la recolecta, centavos que le aseguren al menos la dormida diaria y la compra de un poco de café y pan. Hoy en su camastro se siente sin alientos para hacer lo que está haciendo aquella mujer; durante años estuvo al cuidado de su fogosa entrepierna y en ello se le fue la vida, sin embargo eso ya no importa, la delicia que tuvo allí ya no renta. Ni ella ni la recicladora tienen hoy que cuidar nada y se pregunta cómo fueron la niñez y la juventud de esa vagabunda, cómo fue Inocencia Landínez, la mujer que está observando desde su lecho, esa pobre que se le confunde con la imagen que tiene de sí misma. En medio de un sopor permanente instigado por tantas hambres y toxinas acumuladas, en lo más íntimo de sus recuerdos sabe que las dos son una misma, que siempre estuvieron listas. Sí, crucificada a los trece años porque estaba lista, hoy es una muerta viva de entrepierna muerta, plenos de hambre su cuerpo y su alma y cubierta de andrajos en medio de la soledad.




¡Ey, desgraciada, mugrosa, maldita! ¡Muévete vagabunda! ¡Despierta! Casi te alza el carro de la basura.




Ana Lucía Montoya Rendón



Octubre 2010