8. Intimidad

El mejor de los hombres es semejante al agua,
La cual beneficia a todas las cosas, sin ser contenida por ninguna,
Fluye por lugares que otros desdeñan,
Donde se acerca más deprisa al Tao.

Así, el sabio:
Donde mora, se acerca más deprisa a la tierra,
En el gobierno, se acerca más deprisa al orden,
Hablando, se acerca más deprisa a la verdad,
Haciendo tratos, se acerca más deprisa a los hombres,
Actuando, se acerca más deprisa a la oportunidad,
En el trabajo, se acerca más deprisa a lo competente,
En sentimientos, se acerca más deprisa al corazón;
No lucha, y así permanece libre de culpa.

Lao Tse

Tao Te Ching

.


Mostrando entradas con la etiqueta Espejos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Espejos. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de mayo de 2011

HAIBUN DE LA MIRADA LERDA


Ojos en el parral de penurias, morados de desconsuelo, racimos de incógnitas.


la rama cruje
trepa por el puntal.
giba de tiempo


Frente al espejo no ríe la tristeza ni en las orillas se moja con el llanto, solo arrastra siluetas con su mirada lerda.


ruedan los ojos
sobre sus horizontes.
luces y sombras


No se mofa de su locura el que la sufre pero sí ríe de la cordura que exhiben los osados.


manto de armiño
el suspiro del día.
retazos lógicos


Abajo está. Oscura, con su lengua ardiente lame ángulos amargos. Creen que ha perdido su luz. La gema que era ha desaparecido. Eclosiona en canicas multicolores. Percusión blanca de espíritus


ana lucía montoya rendón
mayo 2011


.

viernes, 11 de marzo de 2011

TSUNAMI

TSUNAMI
(Gobierno Interno del Mundo)

siempre pariendo...
colapsada su cadera
—virgen por siglos—
hoy, Eterna Primeriza

en su vientre cocidos* Tiempo y piel
flota el alma sobre las acciones
mientras el ojo magnifica la Historia

lágrima ensanchada sobre plantas nucleares
huellas de dolor
coctel de sangre de todas las especies

cóncavo o convexo
distorsiona el espejo las imágenes
los hijos se miran desalmados
en este infinito parto de fuego y agua
con estertores que al Útero mutilan

La Madre puja
gime
llora
sus espasmos —olas de muerte—
lamen el vientre de la Tierra

aúlla la Voz:
¡oidme!
vuestro aprendizaje será de sangre y llanto
al amanecer del Nuevo Día no habrá cuerpos
Él en cada Ser hará morada
y su sonrisa maquillará la cara del paisaje

ana lucía montoya rendón
marzo 11 de 2011

sábado, 4 de diciembre de 2010

BORRÓN Y CUENTO NUEVO


Hablar y hablar. Proponer, explicarse muchos temas. Aplazar hasta el final de los tiempos. Quizás hasta que esa barba le haya crecido tanto como para tejer todos los trajes que necesitan millones de pobres en el mundo o hasta lograr el  apaciguamiento de los violentos que existen y de los que iban a nacer.


Ya le dije lo que usted quería saber. No tiene por qué empujarme. No. No me maltrate. Escúcheme y, después de oírme, si le place, degüélleme, empáqueme al vacío y envíeme hacia los confines de todos los mundos como carta de derechos humanos o de abusos humanos, como le de la real gana, qué más da, para lo que vale lo que llevo en mi fardo ¿Le ha ocurrido alguna vez un olvido como el mío? ¿No? ¿Seguro que nunca se ha enfrentado a algo como eso? Por la suficiencia que se le asoma por los ribetes de su engreimiento noto en usted... me doy cuenta que ha sido... que es en realidad un ser privilegiado. Le voy a contar qué cosas y qué personas han hecho de mi un ser ecuánime. Sí, e-cu-á-ni-me, ecuáaaa-ni-meee. ¿No entiende lo que es ser ecuánime? Eso también se lo voy a explicar cuando me permita relatarle el porqué de mi olvido. No frunza el entrecejo ni sonría que la cosa va en serio. Ya le dije no me empuje, también le dije que le explicaré el origen de mi ecuanimidad aunque por la expresión que le observo, ese mirarse las uñas, repasarlas, cada una con las de la otra mano, me deja ver que es narcisista, que si no tiene espejo de agua o de cristal se mira a sí mismo en cada parte de usted y no presta atención a nada que no sea usted mismo. ¿Qué? ¿Tampoco sabe lo que es ser narcisista? No pues. Otra que le agrego a la lista de temas que desplegaré cuando deje de empujarme y de joder con esa sobadera de uñas. Si, cada vez que se las limpia, estimula en sí mismo el prurito de una limpieza fóbica. Sí, eso en una enfermedad. ¿Qué? Me dice que es sano en toda la extensión de la palabra? Qué monotemático es usted —si quisiera le diría a este man qué pobre es usted , pero mejor dejemos los santos quietos— porque se le notan muchos males con solo mirarlo de refilón. Sí, de refilón. No me venga con el cuento que tampoco sabe el significado de fóbico. ¿Cómo? Tampoco sabe qué es mirar de refilón? No, así si estamos fritos. Me empuja, me maltrata, me agobia, me castiga, me... Me mamé de su idiotez. Me harté de ese desenfado que tienen todos los que son como usted. ¿Que no sabe de qué le hablo? Usted si es la tapa del congolo. No, no lo sabrá nunca, no podré explicarle cómo hemos llegado a este punto, porque tristemente acaba de morir como idea principal. Es usted un nonato, un feto triste, un cuento abortado. Sí, muer-ti-to, borrado de la página que estaba escribiendo cuando se me ocurrió que seres como usted pululan por la faz de la tierra como verdadera pandemia y que el borrarlo de este papel me genera un sabor dulce, como ilusión de desaparecer de un manotazo a esa plaga de orates.


Ana Lucía Montoya Rendón
diciembre 2010

sábado, 2 de octubre de 2010

LISTA



Hoy, igual que siempre, está allá, debajo de alero. Desde su ventana la ve vestida de sombras esperando como siempre monedas de sudores y cuero. Es una noche fría como todas las que ha conocido aunque se revienten los veranos. En el callejón aún quedan los ojos del agua del último aguacero, en esos espejos temblorosos se reflejan las pocas luces que hay en toda la cuadra, rielan como dagas que entran y salen del vientre del sereno. Ve la silueta del gato de la vecina sobre el tejado yendo de vagabundeo, como ella solo que el maldito no debe pagar cada noche el alquiler de la cama y el armario viejo en el que guarda el encapillado. Nunca tiene ganas de trabajar, siempre quiere quedarse dormida, irse en un sueño hacia el lugar donde la dejó ésa, cuando apenas tenía tres años, ¿o serían dos? ¡Qué importa! Añora el lugar de donde nunca debió de haber salido. La sacaron de ese sitio porque la edad así lo exigía. Eso dijo la omnisciente trabajadora social, que las niñas de trece años ya sabías coser, cocinar, rezar... ¡maldita sea, sabían tanto! Para esa gente, ella era una mujer hecha y derecha, además, SABIA, ¡qué dicha! por eso tuvo que irse del orfelinato, porque estaba lista para la vida. ¿Y qué era estar lista? ¿Lista del cuerpo y del alma? Así la dejaron marchar con la benefactora de la institución para que fuera la ayudante de la su cocinera. Allí entre cebollas blanqueadas, aromas de tomillo, mejorana, orégano y laurel, entre los hervores de consomés aprendió a conocer cómo se cuecen los ojos del deseo. Sí, allí supo qué era estar lista. Lista como el menú que servía cada día en esa casa. Ella, la niña lista, vestida de negro, con delantal blanco y una pequeña cofia como si fuera una enfermera pero, de luto. Así de lista estaba que no supo a qué horas y sin quitarle la ropa, le raparon la inocencia. Pero qué era eso, la inocencia ¿Algo que arde, se moja, palpita muy abajo del vientre? Siempre miró hacia dónde se llevaban su inocencia, pero nunca les vio nada en las manos, no veía que se llevaran nada, pero sí sabía que la dejaban llena de hastío, pobre como una rata y más cansada que cuando asistía a Petrona, la cocinera. A la hora de servir los alimentos, tenía que estar bien presentada para atender a los señores de la casa y a su, casi permanente recua de invitados. Allí supo cómo la inocencia se le bajaba de la cabeza y se le acomodaba en los pezones, en la cintura o en la entrepierna. Supo que la inocencia es juguetona y entiende de miradas, supo también que es una fortuna que a muchos los pone locos cuando la quieren tocar y poseer. Hoy ya no la tiene ni falta que le hace. A través  del pedazo de espejo en que mira sus arrugas también ve el asco infinito que siempre la ha acompañado y ve las muchas jornadas que aún tiene por cumplir. Así recostada en el catre, meditando, divisa en la esquina, debajo del alero, a la vieja recicladora escarbando en el montón de bolsas de basura, buscando algo que le sirva para llevar a la enramada donde le pagarán unos cuántos pesos por la recolecta, centavos que le aseguren al menos la dormida diaria y la compra de un poco de café y pan. Hoy en su camastro se siente sin alientos para hacer lo que está haciendo aquella mujer; durante años estuvo al cuidado de su fogosa entrepierna y en ello se le fue la vida, sin embargo eso ya no importa, la delicia que tuvo allí ya no renta. Ni ella ni la recicladora tienen hoy que cuidar nada y se pregunta cómo fueron la niñez y la juventud de esa vagabunda, cómo fue Inocencia Landínez, la mujer que está observando desde su lecho, esa pobre que se le confunde con la imagen que tiene de sí misma. En medio de un sopor permanente instigado por tantas hambres y toxinas acumuladas, en lo más íntimo de sus recuerdos sabe que las dos son una misma, que siempre estuvieron listas. Sí, crucificada a los trece años porque estaba lista, hoy es una muerta viva de entrepierna muerta, plenos de hambre su cuerpo y su alma y cubierta de andrajos en medio de la soledad.




¡Ey, desgraciada, mugrosa, maldita! ¡Muévete vagabunda! ¡Despierta! Casi te alza el carro de la basura.




Ana Lucía Montoya Rendón



Octubre 2010